Arabako Aralar


Mapi Alonso eta Itziar Aizpuruaren Iritzi Artikuloa
February 26, 2010, 9:56 am
Filed under: Aralar

Se acerca el día 8 de marzo, el día de aquellas personas que reúnen la doble condición de ser “mujer” y “trabajadora”. Como ocurre en todos los casos que se celebra un “día de…” parece obligado hacer una reflexión sobre el santo del día. Por nuestra parte, no se nos ha ocurrido nada mejor que reproducir (con alguna pequeña modificación) un  artículo que escribimos  hace dos años para Astekari Digitala. www.astekaridigitala.net

“Hablemos del trabajo doméstico”, por Mapi Alonso e Itziar Aizpurua

Desde el tiempo de nuestras abuelas paleolíticas, cuando lo que hoy llamamos “PRODUCCION” con mayúsculas y calculamos en el PIB era la “reproducción” y subsistencia del propio grupo, hasta hoy en día las cosas han cambiado mucho; entre otras cosas la consideración social de este trabajo que hoy llamamos “doméstico”. Si a nuestras abuelas paleolíticas este trabajo fue el que las encumbró al poder, les dio el control económico y reconocimiento social, hoy en día, independientemente de quien lo realice tiene muy escaso prestigio social, escaso valor económico reconocido y a las abuelas que nosotros hemos conocido este mismo trabajo es el que las ha mantenido alejadas del ámbito del poder.

Las mujeres de la generación de nuestras abuelas trabajaban “en casa” únicamente, 24 horas al día 365 días al año, siempre disponible para atender las necesidades de los hombres de la familia, que solía ser generosa en tamaño. Su estatus social, poder y control político no se diferenciaba demasiado del emanado del régimen esclavista. Como el amo de las plantaciones sureñas de las películas, a cambio de este trabajo el padre o el marido les aseguraba la subsistencia (mejor o peor según el amo o marido que te tocase en suerte), y poco más. A la generación de nuestras madres el incorporarse a la “vida laboral” fuera del ámbito doméstico no les supuso desembarazarse de las labores domesticas; con la ayuda de las hijas o de refuerzos externos (mujeres inmigrantes andaluzas en su mayor parte), sacaban adelante su trabajo fuera y dentro de casa.


De las generaciones anteriores de mujeres hemos tenido ocasión de aprender que el modelo de la super woman, que aparte de asumir dos jornadas laborales, tiene que participar socialmente en otro tipo de actividades, mantenerse en forma, ir a la pelu, depilarse, … y además echarse un amante, es un engaño. Gracias a ellas hemos tenido la oportunidad de interiorizar que no hay que considerar como “normal” que las mujeres asumamos el trabajo doméstico como una responsabilidad propia y hemos podido desembarazarnos del sentimiento de culpa por no cumplir las expectativas de este modelo. Expertas en economía, organización, educación, psicología, salud,…, si de algo pecaron fue de minusvalorar el trabajo doméstico y la transmisión de la experiencia acumulada, con los que todo (el proceso de humanización), empezó y sin el cual todo se viene abajo.

Las actuales generaciones que vivimos en un marco privilegiado en este mundo desigual, como es la Euskalherria del siglo XXI, oportunidad hemos tenido de aprender de los aciertos y errores pasados y, mientras  por medio no haya personas dependientes (niños, enfermos, minusvalías,…), tiempo va siendo de que cada individuo asuma la responsabilidad con la que usa su libertad a la hora de enfrentar problemas como la alimentación o la limpieza (o sea se, a la hora de combatir a la segunda ley de la termodinámica);  viva solo en su casa, comparta vivienda con amigos, gorronee en la de sus padres o esté casa-dos.

Sin embargo, cuando por medio hay personas con mayor o menor grado de dependencia (y esto en un momento u otro de la vida a todo el mundo le sucede), y cuando, como hoy en día ocurre en la mayoría de los casos, son necesarios dos sueldos como mínimo por unidad doméstica para mantener este “estado del bienestar” que nos venden en los anuncios -en el que la aspiración máxima consiste en adquirir una nueva vivienda que mantener a raya y en un aumento pues del trabajo doméstico – o  poder simplemente subsistir, argumentos no faltan para subrayar la importancia social del mismo, aunque no sea más que a la hora de mantener el entramado del sistema.

En nuestras latitudes, no hay que echar mano de la abundante literatura producida al respecto en estos últimos años para saber lo duro y difícil que resulta compaginar el trabajo doméstico con las actuales jornadas socio-laborales, heredadas de modelos organizativos para los que el problema de la conciliación doméstico/laboral simplemente no existía. Casi todos en mayor o menos medida lo sufrimos. Tampoco necesitamos datos extraídos de trabajos estadísticos para visualizar que las personas que lo realizan tienen cara de mujer, no tenemos más que mirar a nuestro alrededor, la mayoría de las veces sin salir de casa, para constatarlo. En muchos casos, cada vez más, de nuevo mujeres emigrantes que son las que hacen posible que las cosas funcionen, mejor o peor, pero que funcionen, en base a mano de obra que para nosotros resulta relativamente barata y en condiciones laborales de gran precariedad, a veces cercanas a la  esclavitud, aprovechándonos de la situación de su debilidad.

Como en el caso de la violencia doméstica, las diferentes formas de “explotación doméstica” constituyen una lacra social. Y, si hasta hace poco eran solamente en el seno de las organizaciones feministas o foros especializados donde se debatía esta problemática, es hora ya de que pase a formar parte de las agendas políticas. Regular esta situación tendría que ser la prioridad de los programas políticos y reivindicaciones sindicales de las actuales generaciones.

Volver de una largas jornadas laboral y social y encontrarse la mesa puesta, la cena hecha, la nevera llena, la casa ordenada y limpia, la ropa planchada en el armario, los niños tranquilos y risueños, los abuelos felices,…, en vez de empezar por pensar en el camino de vuelta en lo que hay en la nevera, hacer la compra, sacar la ropa de la lavadora que has puesto a la mañana antes de irte, vaciar y llenar el friega platos, hacer la cena, …, y no hablo ya cuando hay niños o personas dependientes por medio, es un lujo. Y además para muchos hombres constituye “un derecho adquirido” al que no suelen estar dispuestos a renunciar así como así.

Pero, este lujo tiene cifras y no son menores. En estos últimos años que, siguiendo las recomendaciones de la Conferencia de Naciones Unidas para la Mujer de 1995, se han empezado a calcular las horas no remuneradas que cada ciudadan@ empleamos en actividades como la alimentación, la limpieza o los cuidados de las personas no autónomas, hemos podido comprobar que no son pocas las horas de producción-consumo (en forma de servicios fundamentalmente), interno familiar, ausentes en los análisis económicos y en las “cuentas nacionales” con mayúscula de los diferentes países. Ignoradas hasta hace poco años, estas horas empezaron a ser contabilizadas y cuantificadas en términos  de “Cuenta Satélite de la Producción de los Hogares”. En forma de ejercicio contable paralelo a las cuentas nacionales, cuantifican la contribución real del trabajo no remunerado que no se contabiliza en el PIB y permiten la comparación con otros sectores económicos contemplados el mismo. Según los datos que arrojan, por poner un ejemplo, en el conjunto del estado en el año 2003 esta Cuenta Satélite era equivalente al 42% del PIB.

A pesar de la dificultad de definir y cuantificar lo que se entiende por “trabajo doméstico”, a la hora de  poner encima de la mesa el problema de cómo asumimos socialmente, sobre todo, el cuidado de las personas dependientes, bien están este tipo de estudios estadísticos que  permiten visualizar la magnitud del asunto y valorar en su justa medida la importancia del trabajo doméstico. De todas maneras, si las estadísticas no lo hacen la realidad se está encargando ya de hacerlo, con la aparición de nuevos problemas de “países ricos”, directamente relacionados con la conciliación laboral/ doméstica.

En este momento, en que todo es diferente pero algunas cosas parece que siguen igual, hora es de empezar a analizar los resultados de las medidas tendentes a equiparar la presencia femenina con la masculina en los ámbitos laboral social y político que se han tomado hasta ahora; máxime cuando  las noticias que nos llegan de Europa sobre el aumento del horario laboral no auguran buenos presagios. De poco valen todas las políticas coyunturales de discriminación positiva tendentes a igualar la situación de hombres y mujeres a nivel laboral-político-social, si paralelamente no se arbitran medidas estructurales que posibiliten la tan cacareada conciliación de la vida laboral y familiar y las hagan innecesarias. Las medidas discriminatorias, como la paridad, por muy necesarias que sean en una coyuntura, no pueden ser más que medidas puntuales destinadas a paliar los síntomas mientras se arbitran medidas de fondo que ataquen el problema en su origen. Como ocurre con algunos medicamentos, su uso excesivo acaba produciendo el efecto contrario al deseado: ocultar los síntomas y cronificar en este caso el problema de la asunción y reparto del trabajo domestico que está en su origen.

Si nuestras madres cumplieron su parte y nos ayudaron a desembarazarnos del sentimiento de culpa por no asumir estas responsabilidades, nosotras tendremos que cumplir con la nuestra a la hora de desembarazarnos del sentimiento de victimismo con el que muchas veces se vive esta situación de explotación laboral. No somos culpables pero tampoco, en la Euskalherria del siglo XXI, “víctimas” a las que dedicar un día, para acallar las conciencias “políticamente correctas” y ayudar a mantener el sistema. No queremos perpetuarnos como tales víctimas en base a una serie de observatorios, departamentos, institutos,…, que a modo de ONG’s  vivan del tema.

Más allá  de las declaraciones de principios, l@s ciudadan@s necesitamos medidas políticas que sitúen en sus justos términos la importancia del “trabajo doméstico” a nivel económico así como la de la transmisión de los conocimientos acumulados al respecto y que permitan la conciliación laboral/doméstica, independientemente del género; medidas más audaces de las tomadas hasta ahora aquí entre las que no pueden faltar acciones de discriminación positiva para los hombres tendentes a favorecer su incorporación al mundo doméstico y a equiparar su presencia con la femenina en este ámbito.

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